El mundo actual, mundo en guerra
Contra el pronóstico de algún listo de turno, vea usted, todo parece indicar que la historia no ha terminado. Es más: ni se detiene, ni se repite, sino que sencillamente sigue el rumbo que mujeres y hombres le marcan.
Frente al pesimismo y desencanto de millones de seres humanos honestos pero “derrotados”, frente a la indolencia y complicidad de aborregados y oportunistas y -sobre todo- frente a la desesperación de aquellos desposeídos a quienes incluso se les arrebató la ilusión de la victoria, cabe alguna reflexión sobre la realidad.
Los múltiples reveses sufridos por los movimientos revolucionarios del mundo, el desmoronamiento del campo socialista y la inestimable labor de los traidores de clase, han contribuido a generar en los ámbitos militantes un desencanto y unos niveles de confusión, que muchas veces nos conduce a la desesperación y no menos veces al hartazgo.
Así, cada cual hace su muy particular lectura de la realidad: “nada puede hacerse ya”, “hay que buscar la manera de mejorar lo que existe”, “hemos de esperar las condiciones”, “la culpa la tiene tal o cual ismo”, “es necesario revisar todo” y un largo etcétera.
Los pueblos, sin embargo, los verdaderos protagonistas de la historia están ahí para enseñarnos lo terca que la realidad resulta. La crisis que atraviesan las potencias imperialistas vuelve a empujarlas a la guerra de saqueo (nada demasiado difícil de ver).Los justificativos son bien conocidos por todos y el imperialismo se vale una vez más de sus instituciones (OTAN, Consejos de Seguridad, etc.) para legitimar o llevar a cabo sus objetivos. Película ya vista.
De todos modos, no son tan halagüeños los resultados de las “gestiones” imperiales para “democratizar” el planeta. Ante la barbarie de los cruzados yanquis, ingleses, españoles y demás cómplices, la resistencia iraquí, aparentemente desprovista de un programa revolucionario, un marco teórico, una dirección partidista y demás atributos que más de un listillo echaba de menos, relativizó -cuando no echó por tierra- las tesis sobre el poderío militar imperialista, volviendo a poner sobre el centro de la cuestión la voluntad popular y la posibilidad de luchar y vencer aun en la más adversa de las situaciones. Nada de paseos por el desierto para los poderosos.
Algo similar puede decirse de la heroica lucha del pueblo palestino contra los criminales sionistas, y Afganistán tampoco es una excepción. La guerra popular en Nepal, como ejemplo puntual, le dice al mundo que la sumisión de los pueblos es una ilusión -más deseo que realidad-, a la vez que nos enseña que hay métodos que no han caducado y que sí son adecuados para determinadas coyunturas, contra lo que afirman muchos “genios” de laboratorio o café. Ante la opresión de la oligarquía terrateniente, las fuerzas revolucionarias en Colombia libran una guerra de más de 40 años, en la que sus enemigos de clase han empleado a fondo todos los medios y los métodos más aberrantes - con el inestimable apoyo de los gringos- y, aun así, siguen fortaleciendo posiciones y creciendo en fuerzas.
Los patriotas boricuas mantienen alta la bandera de la independencia y libertad en Puerto Rico. Cuba, con todos sus problemas, continúa siendo un referente moral para los pueblos, mientras Venezuela sigue profundizando cambios que continúan indignando a la oligarquía y a los “demócratas civilizadores”. Bolivia, por su parte, inaugura una etapa interesante, donde el protagonismo del pueblo puede ser importante.
La derrota de los años 70 en el cono sur, las decenas de miles de desaparecidos y los bestiales crímenes contra los pueblos no han impedido que las últimas décadas fueran testigo de las luchas populares más resueltas, sean ya de cocaleros, ferroviarios, piqueteros, docentes, parados o lo que fuese.
En la vieja Europa, las cárceles albergan a una creciente población de presos revolucionarios (comunistas, anarquistas, nacionalistas entre otros) y el grito de libertad, muy lejos de ahogarse, escapa de las celdas de Turquía, Paris o el Estado español para ser oído por quienes no renuncian a la posibilidad de construir otra realidad.
Los proletarios (sí, dejemos que sea el enemigo quien pervierta el lenguaje y lo despoje de su contenido) continúan, a pesar de los golpes y la falta inmediata de grandes proyectos, luchando con fuerza incombustible. Otro tanto ocurre con estudiantes, inmigrantes y otras víctimas de la barbarie actual.
Sería imposible sintetizar aquí el estado actual de cosas y hacer un diagnóstico acabado del momento histórico en qué vivimos. Sí interesaba en cambio dejar bien claro que, independientemente de lo que se diga, la inmovilidad no puede corresponder sino a una sesgada y parcial visión de la realidad, que necesariamente y en el mejor de los casos conduce al desanimo o a posiciones derrotistas.
Hay un mundo en llamas para el que quiera abrir los ojos y un futuro no tan sombrío esperándonos, si decidimos tomar partido.