La mujer, colectivo oprimido
Basta con poner un pie en la calle (aunque a veces no es necesario ni eso), trabajar o hablar con cualquiera para darme cuenta de que estoy un peldaño (o un abismo, según el caso) por debajo de cualquier hombre. No es porque yo lo quiera, sino porque se nos ha impuesto así a las mujeres por el mero hecho de serlo.
Se dice, se habla, se legisla que nosotras somos iguales en derechos a los hombres y que tenemos exactamente las mismas oportunidades, como también se le reconoce el mismo derecho a la vida a un africano y a mí y obviamente no son situaciones equiparables. Se trata de papel mojado que está ahí para callar bocas.
Los poderes públicos se han ocupado de rellenar este papel, no se vaya a decir que vivimos en un Estado atrasado; pero nadie se preocupa de corregir los desequilibrios existentes en la práctica entre hombres y mujeres, y que vienen causados por la cultura patriarcal que ha imperado en nuestro país durante siglos.
La solución no está en sacar más y más leyes políticamente correctas, sino en coger el problema de raíz, empezando por la educación que se da en los colegios, en la cual se desoyen movimientos de relevancia social como el feminista y a mujeres que, como escritoras, artistas, científicas, también deberían aparecer en los libros, y no aparecen.
Es gracias a todas ellas (entre otras) que se atrevieron a saltar la barrera visible o invisible impuesta que hoy, al menos, nuestros derechos están reconocidos. Estas mujeres, como tantas otras en la actualidad, principalmente actuaron. Hoy no nos toca el escalón del reconocimiento en la norma, sino el del reconocimiento y el respeto social, y esto no se hace solamente en casa estudiando una carrera o trabajando, sino alzando la voz cuando alguien nos agrede física o verbalmente por nuestro sexo o cuando se nos paga menos porque somos mujeres.
La barrera que tenemos personalmente que saltar nosotras es invisible: es el miedo al que dirán de mí: me llamarán radical, feminista... Supongo que sobra mencionar la diferencia existente entre "feministas" y "hembristas", de tal modo que las primeras abogan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y las segundas son el extremo opuesto al machismo. Es por ello que los medios de comunicación, sectores sociales, etc. suelen mal utilizar el término "feminista", confundiéndolo, intencionadamente o no, con el término "hembrista".
Que a las mujeres se nos respete o no por lo que somos y con independencia de nuestro sexo es algo que no se consigue en dos días, sino que, por el contrario, se construye diariamente. Pero este camino cada vez se hace más difícil si no contamos con el resto de mujeres (a la inmensa mayoría le han metido en la cabeza que decir "feminista" o simplemente reivindicar justicia es nombrar al diablo) y también con los hombres. Esta no es una lucha independiente de ellos, como no lo es la de los negros, la de homosexuales, etc., respecto de las personas que no lo son; con esas luchas ganamos todos, y ganamos en libertad y dignidad. La lucha de las mujeres es más difícil que la de estos colectivos discriminados, porque en ellos la mujer también sufre marginación y maltrato. Como dijo Dolores Ibarruri, “muda por ser obrera; doblemente muda por ser mujer”. Así la mujer se enfrenta con este doble problema en muchas ocasiones.
Esta es la realidad por encima de la ley: que la violencia contra las mujeres se da en el ámbito doméstico (cuestión a la que se le da más tintes de reportaje sensacionalista que soluciones), en la calle, en el trabajo y en la publicidad (recordemos que la industria de la belleza necesita acomplejadas); y que no sólo se manifiesta en forma de puño sino también en ataques verbales directos o indirectos.
Parafraseando a Blas de Otero, tenemos que estar en pie de paz pero en pie.
Ah, por cierto, me importa un bledo que se vaya a reformar la Constitución para que las señoritas de la familia real puedan acceder al trono sin discriminación respecto a los señoritos de la misma. Desde luego ésta no es ninguna conquista para nuestro género sino para cuatro; y lo que no nos sirve a todas no es ningún paso adelante sino hacia atrás.
Se dice, se habla, se legisla que nosotras somos iguales en derechos a los hombres y que tenemos exactamente las mismas oportunidades, como también se le reconoce el mismo derecho a la vida a un africano y a mí y obviamente no son situaciones equiparables. Se trata de papel mojado que está ahí para callar bocas.
Los poderes públicos se han ocupado de rellenar este papel, no se vaya a decir que vivimos en un Estado atrasado; pero nadie se preocupa de corregir los desequilibrios existentes en la práctica entre hombres y mujeres, y que vienen causados por la cultura patriarcal que ha imperado en nuestro país durante siglos.
La solución no está en sacar más y más leyes políticamente correctas, sino en coger el problema de raíz, empezando por la educación que se da en los colegios, en la cual se desoyen movimientos de relevancia social como el feminista y a mujeres que, como escritoras, artistas, científicas, también deberían aparecer en los libros, y no aparecen.
Es gracias a todas ellas (entre otras) que se atrevieron a saltar la barrera visible o invisible impuesta que hoy, al menos, nuestros derechos están reconocidos. Estas mujeres, como tantas otras en la actualidad, principalmente actuaron. Hoy no nos toca el escalón del reconocimiento en la norma, sino el del reconocimiento y el respeto social, y esto no se hace solamente en casa estudiando una carrera o trabajando, sino alzando la voz cuando alguien nos agrede física o verbalmente por nuestro sexo o cuando se nos paga menos porque somos mujeres.
La barrera que tenemos personalmente que saltar nosotras es invisible: es el miedo al que dirán de mí: me llamarán radical, feminista... Supongo que sobra mencionar la diferencia existente entre "feministas" y "hembristas", de tal modo que las primeras abogan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y las segundas son el extremo opuesto al machismo. Es por ello que los medios de comunicación, sectores sociales, etc. suelen mal utilizar el término "feminista", confundiéndolo, intencionadamente o no, con el término "hembrista".
Que a las mujeres se nos respete o no por lo que somos y con independencia de nuestro sexo es algo que no se consigue en dos días, sino que, por el contrario, se construye diariamente. Pero este camino cada vez se hace más difícil si no contamos con el resto de mujeres (a la inmensa mayoría le han metido en la cabeza que decir "feminista" o simplemente reivindicar justicia es nombrar al diablo) y también con los hombres. Esta no es una lucha independiente de ellos, como no lo es la de los negros, la de homosexuales, etc., respecto de las personas que no lo son; con esas luchas ganamos todos, y ganamos en libertad y dignidad. La lucha de las mujeres es más difícil que la de estos colectivos discriminados, porque en ellos la mujer también sufre marginación y maltrato. Como dijo Dolores Ibarruri, “muda por ser obrera; doblemente muda por ser mujer”. Así la mujer se enfrenta con este doble problema en muchas ocasiones.
Esta es la realidad por encima de la ley: que la violencia contra las mujeres se da en el ámbito doméstico (cuestión a la que se le da más tintes de reportaje sensacionalista que soluciones), en la calle, en el trabajo y en la publicidad (recordemos que la industria de la belleza necesita acomplejadas); y que no sólo se manifiesta en forma de puño sino también en ataques verbales directos o indirectos.
Parafraseando a Blas de Otero, tenemos que estar en pie de paz pero en pie.
Ah, por cierto, me importa un bledo que se vaya a reformar la Constitución para que las señoritas de la familia real puedan acceder al trono sin discriminación respecto a los señoritos de la misma. Desde luego ésta no es ninguna conquista para nuestro género sino para cuatro; y lo que no nos sirve a todas no es ningún paso adelante sino hacia atrás.
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