El derecho de autodeterminación de las naciones
Este principio implica algo tan sencillo y tan de sentido común como que un pueblo debe decidir en libre referéndum si desea o no seguir formando parte de un Estado, así como qué modelo económico, político o cultural desea desarrollar. Esta reivindicación no implica una lucha por la independencia, como dirán algunos, sino simplemente el derecho a decidir. Así, según este principio, habría que aceptar, independiente de que nos gustara o no, la decisión soberana de una nación para unirse a o separarse de cualquier Estado.
En un referéndum, decide la mayoría. Obviamente, el consenso es lo ideal; pero más obvio aún es que, cuando el deseo de la minoría prevalece sobre el de la mayoría, la injusticia es mayor. Esto, que hasta un niño de 5 años podría entender, y que incluso está teóricamente reconocido por la ONU y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, para otros es la peor de las herejías, obsesionados como están por la unidad de España.
Pero es que España no es (ni ha sido nunca) una nación, atendiendo a la propia definición de nación. Una nación es, antropológicamente, una unidad de cultura, de costumbres, de territorio, de lengua, de gastronomía, de psicología, etc. España, como otros de Europa, es un Estado plurinacional.
Para nosotros, sus naciones (ya sea por referéndum, ya sea, si no se les permite de ese modo, por vía revolucionaria) han de decidir libremente su destino, bien sea para independizarse o para seguir formando parte del Estado español, Estado que, pese a las mentiras de Jiménez Losantos y la derecha reaccionaria, sólo tiene tres siglos de historia, remontándose su origen a los borbones, ya que antes, con los Reyes Católicos, lo que había eran varios reinos bajo una misma corona.
En nuestro caso, el de Andalucía, la conquista castellana de los siglos XIII-XV tuvo, aparte de la expulsión de los musulmanes y judíos, otra nefasta consecuencia cuyos efectos acarreamos hasta la actualidad: sembró las semillas del latifundio. Económicamente, el Estado español orienta hoy día nuestra economía hacia los servicios turísticos y la exportación de productos agroalimentarios. Europa limita nuestra pesca y la producción de aceite de oliva: nos hacen con ello dependientes. No por casualidad, en todos los índices, Andalucía demuestra ser, junto a Extremadura, la nación más subdesarrollada del Estado español, aunque, lógicamente, ni el trabajador castellano tiene la culpa de esto, ni el empresario andaluz deja de ser responsable.
Por lo demás, los medios de comunicación siguen humillando cotidianamente nuestra modalidad lingüística. Se nos ha arrebatado cuando no banalizado (con la connivencia nuestros propios señoritos) parte de nuestro patrimonio cultural: el flamenco, presentándolo como “español”, cuando es totalmente ajeno de Despeñaperros para arriba. Limitan nuestra imagen cultural al más exagerado folclore, y olvidan a Lorca, Juan Ramón, Alberti, Cernuda, Aleixandre, Machado…
Hay quien, al escuchar la palabra España, se lleva la mano al pecho. Otros, nos la llevamos a la cartera, porque sabemos que pretenden robarnos nuestro pan o nuestra identidad.
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